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Esta historia, recogida en Cuenca, está recopilada en los Cuentos populares españoles de
Aurelio M. Espinosa (Consejo Superior de Investigaciones Científicas).
Es la primera a la que me atreví a poner versos hechos por mí y
a completarla con nombres y algún detalle para hacerla un poco más mía.
Apenas llevaba un par de años contando y sólo tres romances en
mí repertorio, le puse a los versos la música del romance “La doncella
guerrera” que era el que yo más cantaba de pequeña saltando a la comba.
Un sevillano en
Sevilla
siete hijos le dio
Dios
y de los siete que
tuvo
ninguno nació varón.
Un día la más pequeña
le tiró la
inclinación
de ir a servir al rey
vestidita de varón….
Para mí la historia del Oricuerno es un canto a la amistad y al
amor.
Había una vez una mocita que tenía un novio, y
los dos se adoraban. Pero en el pueblo donde vivían, había otro mozo que
también la quería y no hacía más que perseguirla a pesar de los continuos
rechazos de ella. Una noche, en que estaban los dos enamorados
platicando, ella tras la reja de la ventana, vino alguien protegido por
las sombras y mató al novio. Ella supo inmediatamente quién había sido.
Salió y, al dar la vuelta a una esquina, se encontró de cara con el
asesino y, sin pensárselo dos veces, lo mató de un trabucazo. Pero con
tan mala fortuna que no sólo mató al pertinaz enamorado, sino además a un
amigo que le acompañaba. Así que nuestra mocita pensó que lo mejor era
poner tierra de por medio, huir de la justicia.
Cogió
un hatillo con ropa y comida y se marchó por los montes. Anduvo durante
toda la noche y todo un día hasta que se encontró unos pastores. A ellos
les contó su historia. Los pastores se compadecieron de ella y decidieron
ayudarla. Le cortaron el pelo, le dieron ropa de pastor y así, vestida de
hombre, se fue por esos mundos.
De
mocita enamorada
He
pasado a ser varón,
Carlos
digo ser llamada
En
mi nueva condición.
Y
Carlos llegó a un pueblo donde nadie lo conocía, y allí se puso a
trabajar en casa de un rico comerciante. El rico comerciante tenía una
linda hija llamada Isabel. Entre Isabel y Carlos hicieron pronto muy
buenas migas, aunque la verdad es que Isabel llegó a más: se enamoró de
Carlos. Pero como él no le decía nada, pensaba que era por timidez. Así
que, ni corta ni perezosa, se declaró ella. Carlos puso las mil y un
disculpas, que qué dirían sus padres, que no lo conocían de casi nada…
pero la verdad es que los padres de Isabel estaban encantados con Carlos,
que era tan bueno y trabajador.
Así
que no sabemos cómo se enredaron las cosas, de tal manera que Carlos se
vio casado con Isabel. Y, claro, llegó la primera noche que iban a pasar
juntos. Isabel, toda feliz, contenta, se metió en la cama. Pero Carlos no
hacía sino dar vueltas y vueltas por la habitación, todo nervioso. Isabel
no entendía nada.
-
Pero, Carlos, ¿qué te pasa? ¿Es que no eres feliz?
Y Carlos, al final, no tuvo más remedio que
sentarse al borde de la cama y contarle la verdad: que no era hombre,
sino mujer, que huía de la justicia, y que si ella la delataba, estaba
perdida. Isabel la miró con sus grandes ojos y le dijo: “Te ayudaré.
Seguiremos viviendo como si tú fueras hombre”.
Casada me vi de golpe,
Casada y sin remisión,
Sin una amiga tan fiel
Muerta me vería yo.
Pero ya hemos dicho que estamos en un pueblo,
y ya sabemos lo que ocurre en los pueblos, que todo el mundo habla de
todos, que hablan y hablan… Y había pasado un año, y Carlos e Isabel no
tenían hijos. Y la gente comenzó a murmurar, y hubo quien se atrevió
incluso a decir que si Carlos no era Carlos, sino que era una mujer. El
suegro, el rico comerciante, se salía de sus casillas: ¿cómo era posible
semejante difamación?
Decidió hacer una prueba para que todos los
del pueblo se dieran cuenta de que Carlos era un hombre. Invitó a toda la
gente del pueblo, montó un gran banquete. Pensó él: “Pondré sillas bajas
y sillas altas. Si Carlos se sienta en la silla más baja, es que es
mujer, y si se sienta en la silla más alta, es que es hombre”. Pero
Isabel, que estaba a todo lo que ocurría en la casa, descubrió lo que su
padre tramaba y se lo contó a Carlos. Y Carlos se sentó en la silla más
alta.
Mi suegro me puso sillas
Por saber mi condición.
Con Isabel como amiga
De las pruebas salgo yo.
Pero la gente no quedó muy convencida y
siguieron las murmuraciones. Así que el suegro decidió hacer una prueba
definitiva. Invitó a todos los hombres del pueblo a una gran cacería y
después de la cacería, todos a bañarse desnudos al río. Ahí se vería si
Carlos era un hombre o era una mujer. Carlos e Isabel estaban
acongojados. De aquélla sí que ya no salían.
Y llegó el temido día. Y después de la
cacería, todos a bañarse al río. Los hombres se desnudaron, menos Carlos,
que puso una disculpa momentánea y se sentó en una peña a dar vueltas y
vueltas a la cabeza a ver qué podía hacer. Y aquí entra la parte
mitológica, porque de repente apareció, viniendo por el camino, un animal
inmenso con unas grandes patazas, una gran cabeza y un enorme cuerno que
salía de ella. Era el oricuerno. El oricuerno se fue acercando a ella y
le dijo que se desnudase, y con su inmenso cuerno le hizo una cruz en el
empeine, y en aquel mismo
instante Carlos se convirtió en Carlos.
Estaba
desesperado
de esta
ya no salgo no
apareció
un oricuerno
que en
hombre me convirtió.
Y corriendo se fue hacia el río y todos
pudieron comprobar que era hombre.
Volvieron todos a casa,
Isabel en el balcón,
Corrió Carlos a abrazarla,
Le ofreció todo su amor.
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