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Dos
hijas un anciano matrimonio que no alcanzaron riquezas de la tierra ni
del cielo, aunque cada una nació con un don peculiar. Una, llamada Azul,
era excelente guerrera, manejaba con destreza cualquier tipo de arma y
sabía comandar un ejército como el mejor general. Como si esto fuera poco
sabía construir embarcaciones y navegar como el más experimentado marino.
Cuentan los que la vieron realizando estas faenas que en esos momentos su
cuerpo parecía más grande, más fuerte, casi una columna o un gigante pero
hermosa y elegante. Dicen los que la conocieron que en esos momentos su
voz profunda cantaba:
“Encontré
de mi infancia, el recuerdo,
carroza
de espuma, flor de salitre
tempestad
y quietud, que vibra y late.
Y me
sentí piedra guardando el secreto,
Flor,
sabor, sorpresa, insospechable,
Dulcísimo
néctar, mundo acuoso,
Belleza
que dura, solo un golpe”.
La otra, llamada Ámbar, no era amiga de
batallas sino de canciones y palabras suaves que arrullaban en los oídos
como miel. Su cuerpo más delgado y pequeño que el de su hermana era sin
embargo muy resistente al trabajo. Era persistente y tesonera, cuando se
entregaba a una labor no contaba las horas ni el esfuerzo, no escuchaba
al hambre o al sueño hasta verla terminada. No se quejaba del esfuerzo,
iba contenta y convencida que ese era su destino: hacer y construir.
Cuentan los que la conocieron que su cuerpo se movía con una agilidad y
firmeza que recordaba a las garzas y que su voz era tan agradable como el
canto del jilguero en el campo cuando cantaba:
“Alas y
raíces tengo yo,
vengo de
mi Tierra hacia el Sol,
Alas y
raíces tengo yo,
Planto
la semilla y crece la flor,
Alas y
raíces tengo yo”.
Llegó el día en que los ancianos padre
murieron y las hermanas decidieron probar suerte cada una por un camino
diferente en busca de su futuro. Se abrazaron y se prometieron que no
importara cuanto tiempo pasara sin que se volvieran a encontrar el cariño
seguiría intacto dentro de sus corazones.
Azul, la
guerrera tomó una de sus barcazas y se hizo a la mar. Llegó a un reino
donde había una gran batalla por obtener el trono. No venía dispuesta a
pelear ni siquiera conocía al monarca, pero con solo poner los pies en la
tierra tanto unos como otro bando la atacaron. Envuelta de esta manera en
un combate que no buscó no tuvo más remedio que pelear por su vida. Con
su magnífica capacidad para la pelea venció a unos y otros y sin
proponérselo llegó al trono. Fue coronada reina y los ejércitos la
reconocieron como única líder. Incluso el derrocado rey aceptó ser su
esposo lleno de admiración por aquella mujer singular.
La otra
hermana, Ámbar, camino en busca de
un lugar donde hacer su vida y llegó hasta un cayo casi desierto. No
había mucha tierra, ni plantas, ni animales, pero ella decidió fundar
allí su reino. Trabajó cada día como si fuera el último de su vida. Labró
la tierra que comenzó a dar hermosos frutos, crió animales hasta llenar
el lugar de todas las especies, levanto un palacio donde no había nada y
le dio casa y comida a los que vivían allí como indigentes. Después de un
tiempo el lugar era casi un paraíso y reinaba en él la justicia y la
abundancia. Fundó familia con un hombre muy trabajador y honrado y tuvo familia.
En la medida que esto se conoció se despertó la envidia y la ambición de
reyes y gobernantes vecinos. Querían para aumentar sus dominios con el pequeño y próspero imperio de
Ámbar. Fue por esta razón que le declararon la guerra sabiendo que no estaba
acostumbrada a combatir y que fácilmente ganarían. Ante esta situación la
trabajadora reina se sintió perdida. No sabían combatir ni ella ni su
pueblo, no tenía tiempo suficiente para prepararse y no quería entregar
lo que tanto esfuerzo había costado hacer. Uno de sus consejeros le dijo
que pidiera ayuda a una reina vecina que tenía fama de comandar ella
misma sus ejércitos. Ámbar en un gesto desesperado le envió una carta a
la desconocida reina explicándole su situación. La otra soberana era nada
más y nada menos que Azul, quién reconoció de inmediato la firma de su
hermana. En un santiamén formó sus ejércitos y fue hacía el reino de
Ámbar. La pelea fue desigual y magnífica. El ejército de Azul estaba
muy entrenado y aunque eran menos
ganaron la batalla sin dificultad. Una vez pacificada la situación y
restablecido el orden las hermanas disfrutaron de su reencuentro y se
alegraron de saber una de la otra. Renovaron su pacto de mutua ayuda y
cuentan que desde entonces el ejército de Azul protegió el reino de Ámbar
y los trabajadores de ésta enviaron siempre abundantes frutos y animales
al reino de su hermana. Gracias a esto en ambos reinos siempre hubo paz y
abundancia y esta leyenda de amor y fidelidad de las hermanas ha llegado
hasta nosotros como la de “las invencibles”.
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