|
Cuando yo tenía más o menos doce años, usaba
un carné que ponía “Club Deportivo Tenerife—Sección de Natación”, y
también usaba... un bañador violeta.
Yo estaba, por aquella época, muy interesada
en cierto fenómeno inminente: las tetas. Porque hasta entonces había sido
espectadora, pero pronto sería la protagonista. Vi cómo les salieron a
mis amigas, a mis compañeras del instituto, a mis vecinas, a mis primas,
y yo estaba esperando por las mías.
Ahí fue
cuando escuché por primera vez la palabra desarrollo, que, según
el médico de cabecera y mi abuela, estaba a punto de producirse. Por lo
que averigüé más tarde, el desarrollo era eso que, al aparecer en tu
vida, hacía que le pasaras tu ropa a tu hermana pequeña, o a una prima, y
tú te podías poner las cosas de tu madre.
Por
eso, con el desarrollo a la vuelta de la esquina, y con los ojos puestos
en el futuro, mi madre, que era muy apañada, me compró el bañador que me
compró. Todo en la vida tiene su lado bueno y su lado malo, y el inconveniente
de comprar así es que, sea lo que sea, te queda grande. Pero la ventaja
es que así mi madre se ahorraba el tener que comprar entonces un bañador
de niña para la mocosa que yo era, y otro después, para la señorita, o la
mujerona —según la clase de desarrollo—, en la que yo iba a convertirme
en muy poco tiempo... Y ganó la ventaja.
Aquel bañador era de color violeta, liso, y en
el tejido elástico se alternaban franjas horizontales mates y brillantes,
mates y brillantes, mates y brillantes... El escote delantero era discreto
y de pico, y el de la espalda, redondo hasta aquí. Pero lo más importante
eran unos conos de plástico blanco, duro y brillante que se llamaban
copas, sujetas por dentro a aquel tejido elástico y destinadas a cubrir
una anatomía aún inexistente. Pues yo iba a entrenar a la piscina con
aquel bañador. Eso se llama disciplina. Y cada vez que me metía dentro de
aquel bañador me imaginaba que, dentro de poco, lo rellenaría con mi
cuerpazo. Eso se llama fe.
Y entonces empecé a llevar una vida doble,
porque existían dos Elenas. Una, la que entraba en el vestuario, parecía
una tabla. Pero la que salía de allí con aquel bañador puesto era la
otra Elena: también cabezona, piernilarga y huesuda como la primera,
¡pero con unas tetas supuestas impresionantes!
Sin embargo, y a pesar del desdoblamiento,
siempre fui consciente de mi realidad. Por eso andaba por la vida con un
estado de ánimo ambivalente y plural; tenía la certeza de que, desde la
grada más alta de aquella piscina, el público podía ver dos cosas. Una,
que aquella niña del bañador violeta tenía unas tetas muy grandes; dos,
que las tetas eran falsas.
Lo peor es que ocurrían extraños fenómenos,
aunque nadie se daba cuenta y yo los sufría en silencio. Cada vez que me
lanzaba al agua de cabeza, los bordes del plástico se me clavaban en las
costillas y, de golpe, por efecto de la presión del agua, aquellas copas
convexas se convertían en cóncavas. Y por eso mi estilo, nadando, era
único. Los demás nadaban crowl, braza, espalda, mariposa... El mío era
nadar como Dios me ayudaba, hasta tocar, una y otra vez los mosaicos de
la pared.
Y encima de lo que sufría, tenía que hacer
maniobras antes de salir del agua: consistían en sumergirme hasta el
fondo, e introducir la mano entre el bañador y mi cuerpo para devolver
las copas a su estado original. Y esa operación tenía banda sonora: ¡¡¡POK!!!
¡¡¡POK!!!
Después subía por la escalerilla y salía del
agua. Igual, pero distinta; presumiendo de lo que no tenía, pero mojada.
Aquel bañador y yo seguíamos juntos por la vida,
pero mis tetas no llegaban. A veces, cuando me desmoralizaba, me animaba
pensando que mis tetas serían tetas exprés, o ipso factas, como lo fueron
las de algunas compañeras que yo conocía, que, de verdad, tuve la
sensación de que se ido lisas a su casa, y al día siguiente, por la
mañana... ¡¡¡PUMBA!!!, ahí aparecían, con dos tetas como dos soles, de un
día para otro. Pues de ésas serán las mías, pensaba yo.
Qué va. Por eso se me ocurrió una idea
buenísima: se las pedí a los Reyes Magos, que siempre me habían traído lo
que puse en mis cartas. Aquella noche del 5 de enero fue tremenda, ¡qué
nervios, qué ilusión...! No quería dormirme, pero caí rendida. Cuando me
desperté, me toqué, y... no. Pero claro, ¡si siempre dejaban los regalos
en el tresillo del salón...! Allí me fui, sola, cuando aún era de noche y
nadie más se había levantado.
Los Reyes se bebieron el coñac y se fumaron
los puros, los camellos habían vaciado los cubos con la paja y el agua
que les pusimos, yo fui abriendo todos mis paquetes... y las tetas no
estaban.
Aquel episodio cambió radicalmente nuestra
relación. Cuando, al año siguiente, mi madre me preguntó qué le iba a
pedir a los Reyes, le contesté:
—¡Nada! ¡De esos cabrones no quiero nada!
Y aunque la esperanza es lo último que se
pierde, pasaron semanas, meses..., ¡¡¡milenios!!!, yo acabé perdiéndola.
Porque el mismo bañador que había sido, durante un tiempo, la medida de
mis ilusiones, acabó convirtiéndose en el testigo de mi fracaso. Cuando
me rendí y lo tiré a la basura, sólo era el prueba dolorosa de un milagro
que nunca se produjo, pero los años cambian la visión que tenemos de las
cosas, y por eso ahora lo miro con ternura, y hasta con alegría, porque
la vida es siempre generosa, y cuando no te pasa un milagro, te pasa
otro... O te pasan varios, ...aunque tú tardes en descubrirlo mucho
tiempo.
El milagro es haber comprobado que, con unas
como éstas... se disfruta igual.
El milagro, con los tiempos que corren, es que
una mujer como yo siga en el frente ANTI Corporación Dermoestética,
gritando: “¡NO A LA SILICONA!”.
El milagro es estar segura de que quien te
quiera de verdad, lo hará por cosas mucho más importantes y más grandes
que tus tetas, sean del tamaño que sean.
El milagro es disfrutar con lo que tengo y con
lo que me falta. Tanto, como para contarles este famosísimo cuento corto,
del que soy la autora.
Había una vez dos tetas que, aún
sin haber nacido, ya soñaban con ser grandes, bonitas, admiradas, y sobre
todo, soñaban con llenar ¡hasta desbordarlas!, las copas de un bañador
violeta.
Nunca lo lograron.
Sin embargo, fueron felices y se
las comieron como a perdices.
Y ya ven, la dueña de esas tetas maravillosas
soy yo. Aquí estoy, mírenme: Escaso, sí ¡¡¡Pero todo mío...!!!
COMENTARIO
|