elena CASTILLO

las piedras

 

El olor de este pueblo me lleva en volandas a mi infancia. Siempre pasa lo mismo. He vuelto a visitarlo, después de muchos años, pensando en algo parecido a un reencuentro, y sin embargo, la sensación es otra: nunca me marché, nunca fui de otro sitio, y en ninguna parte el mar me quiere tanto como aquí, aunque yo no haya pisado esta playa en veinte años.

Algunas casas conservan el aspecto que tenían cuando yo era pequeña. Paredes blancas, con puertas y ventanas verdes. El faro, rojo y blanco, continúa en La Punta. No he querido llegar hasta la casa que fue de mi abuela. Permanece en mi memoria una cortina de color claro, por la que se multiplicaban burritos y matorrales. El suelo de aquella casa —que tan cerca me quedaba de las manos, por entonces— los dibujos de la cortina, la alacena, los cacharros barrigones de aluminio, la cafetera, el bernegal y aquel postigo que se abría en medio de la puerta verde como si fuera un ojo, siguen vivos en mí.

Me pregunto cuánto viven las piedras. De alguna manera, ellas han hecho nacer a la Elena que más siente. A la que come con los oídos: los menús decisivos incluyen declaraciones de amor, promesas de amistad, canciones, ritmos que aceleran o frenan el paso de la vida, silencios que en unas ocasiones dan sosiego y en otras, intranquilidad, y palabras que dañan como balas de cañón.

Esta tarde me encuentro casi a cuarenta años de distancia de aquel momento de gloria. Para ser más exacta, a treinta y seis años en el tiempo, y a unos cincuenta metros a la izquierda. Era de noche, y la falta de luz hizo crecer la magia. Mi madre iba delante, y yo, tras ella, escuchaba asombrada sus ruidos y los míos, aunque yo no supiera entonces qué era un ruido. Cada paso sonaba diferente. Bajo nuestros pies surgían maravillas. Aquí, en esta playa, empecé a guardar sonidos.

Claro que no todo es agradable: la banda sonora de la vida, si es que vale la pena, alberga variedad. Por eso sigo guardando risas, truenos, despertadores, frases, gritos, palabras misteriosas, cristales que se rompen, guitarras, goles, bocinas de barcos, sábanas tendidas, las músicas del español que se habla en otros sitios, ladridos, conferencias, susurros, batidoras, a Clint Eastwood cuando habla por boca de Constantino Romero, timbres, besos de viento, aplausos, grillos, campanadas, frenazos, chapoteos, confidencias a la luz de la luna, taconeos, las voces que me abrigan cuando dicen mi nombre, trenes, conciertos, copas que brindan, ríos, tracas, idiomas que no entiendo, un terremoto, te quieros de gargantas diferentes y lluvias de todos los calibres.

Aquí empecé a vivir yo, que, en realidad, sólo soy una colección de ruidos que se inició hace tiempo, con unos cuantos pasos en la playa. Las piedras que pisé aquella noche, aún después del vaivén de las olas, durante tantos años, me han estado esperando hasta hoy, y seguirán aquí.

Yo también les soy fiel, a mi manera. Por eso, algunas veces, me apetece compartir con la gente que quiero aquel milagro: que cuando era muy chica, las piedras de una playa me dijeron, al oído, que estaba viva. Luego, con los cambios de marea, me contaban historias.

Ahora las cuento yo.

Gracias por escuchar.

 

El Porís.

17 de octubre de 1995

 

 

 

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