elena CASTILLO

 

 

 

 

 

Durante mucho tiempo, creí que los cuentos eran para dormir a los niños. Mentira. Son para despertar a los adultos. Descubrí eso gracias a mi capacidad para comer con las orejas, que es percibir el mundo especialmente a través de lo que oigo: olas, música, ruidos, voces... Lo he hecho siempre. Por eso caigo rendida, desde niña, ante el poder de las palabras; recuerdo aún las que salieron de la boca de Mayra Navarro aquella noche de enero de 1994, porque me cambiaron la vida. El veneno de los cuentos era tan fuerte, que después de que me entrara por las orejas no tuve más remedio que empezar a soltarlo por la boca.

Y después de todos estos años sigo igual, presa y servidora de esa fascinación que hace posible que mientras dura un cuento no existan el dolor, ni la enfermedad, ni la muerte. Por eso, cada vez que tengo ocasión, voy a disfrutar de esa magia que se transmite a través del aire para llegar al corazón de quien escucha.

Mi vida se ha hecho intensa y múltiple, gracias a la narración oral, el mundo del clown, y el cabaret. Desde 1995 he intervenido, como narradora, en festivales internacionales, entre los que figuran Agüimes, Los Silos, Madrid y La Habana. También he contado en colegios, plazas, hospitales, pubs, asociaciones de vecinos, teatros, recintos penitenciarios y la pila bautismal de varios libros. Desde hace cuatro años ofrezco funciones, de manera regular, en el Café—Café de Santa Cruz de Tenerife.

 

“Cuentos para personas como usted”, “Amor de todos los colores”, “Cuentos eróticos”, “Historias de cuernos”, “Cosas para el niño que llevas dentro”, “Cuentos de agua salada”, “Historias de mujeres” y “Episodios de la vida de una artista contados por ella misma”, son los títulos de algunos de mis espectáculos.

Aunque empecé contando cuentos literarios —y sigo haciéndolo—, con el paso del tiempo se han incorporado a mis funciones vivencias personales y anécdotas en las que el humor tiene un protagonismo muy especial. Porque afortunadamente los cuentos sirven para muchas cosas: por ejemplo, para poder reírme, junto con quienes me escuchan, de algo que me hizo llorar hace mucho tiempo.

 

Y para esa terapia no es necesaria una gran puesta en escena; mis funciones son parcas en adornos y se encomiendan al dios de las palabras. Yo pongo la lengua, los demás ponen las orejas... y todos ponemos el corazón.

 

Los cuentos hablan de nosotros, y por nosotros. En ellos, como en la vida, cabe todo: el amor, la ternura, la violencia, lo absurdo, el erotismo, el miedo, la magia... Desde las lágrimas a la carcajada, pasando por el nudo en la garganta, el vuelco en el estómago y la piel erizada.

 

Bastará que tengas un poco de suerte, para que oigas el cuento adecuado en el momento oportuno. Iluminará tu vida de tal manera, que acabará convirtiéndose en una de esas estrellas cuya luz no te abandona nunca. Y sabrás que ese cuento ya es parte de ti.

 

Creo que soy una mujer afortunada. Porque cuento cuentos...  Y los cuentos multiplican la vida.