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Aquella mañana
entró en el despacho un hombre joven, vestido con Levis ajustados, una
camiseta blanca de Armani y unas deportivas negras de ciudad. Antes de
que le tendiera mi mano me plantó dos besos en las mejillas.-Victor
Alvarado- sentenció. La mezcla de gel hipoalergénico y tabaco rubio
emborrachó mis sentidos. Aún me quedaban quince tiques del gimnasio sin
utilizar, y sentí una necesidad imperiosa de darme una ducha. Sonreí al
darme cuenta de que mi coquetería no disminuía con los años, si en lugar
de un joven atractivo, esa tórrida mañana de agosto hubiera entrado en mi
despacho un viejo desagradable, o incluso una de esas señoronas aburridas
que vienen para que vigile a sus maridos, no me incomodaría que
respiraran el hedor a manta rancia y estómago vacío que anegaba la
habitación.
Le invité a
tomar asiento y abrí la ventana que daba a la calle Mercader. El monóxido
de carbono acudió con la diligencia de un ujier y me reconcilió con
aquella presencia masculina que perdía gravedad frente al bullicio de la ciudad. Rechazó el café
que le ofrecí, cosa que me evito tener que disculparme por no tener
leche, ni azúcar, ni cucharilla, ni servilletas; escondí el rollo de
papel higiénico detrás de la cafetera eléctrica y me así a mi taza de
café impostando un tono más profesional a mis movimientos y a mi voz.
-Usted
dirá qué le ha traído a mi oficina.
-Le
parecerá extraño lo que le voy a contar, a mi también me lo parece, no se
si usted podrá ayudarme, es la primera vez que vengo a un sitio así, igual
es una tontería y la molesto para nada, quizás no debería…- noté que
se estaba arrepintiendo de haber venido y que debía intervenir antes de
que mi alquiler de agosto saliera por la puerta.
-Tranquilo,
es normal, pero no hay compromiso ninguno, usted cuénteme lo que le
sucede y yo le diré si le puedo ayudar, si no es un caso para mí, usted
se marcha sin problemas, no le voy a cobrar nada por nuestra entrevista
de hoy. Por favor, hable sin reservas, mi discreción la tiene
garantizada.
-Está
bien. Hace unos meses comencé a padecer unos mareos que me nublaban la
vista, al principio eran poco frecuentes y no les di mucha importancia,
lo achaqué al estrés y a la mala alimentación que llevaba desde que me
mudé a mi piso de soltero. Pero poco a poco la frecuencia de esos
vértigos fue aumentando, interfiriendo en mi trabajo y en las cosas más
cotidianas. Ya no puedo ni conducir. Me preocupé y acudí al médico. El
lunes me dieron los resultados de un escáner y todavía no salgo de mi
asombro. Tengo una bala alojada en el cerebro.- En ese momento mi
cliente interrumpió su discurso y recorrió la pernera de su pantalón con
la mano derecha varias veces, como si esa última frase se hubiera tatuado
en su palma sudorosa y pudiera ser absorbida por el tejido si insistía lo
suficiente.
-Lo
siento mucho.- Mis palabras sonaron a pésame fingido. -¿Es grave? ¿Qué le ha dicho el
médico?- cada frase que salía de mi boca me parecía más torpe que la
anterior. Opté por levantarme y cerrar la ventana. Unos segundos de
espaldas a aquel hombre me ayudarían a recuperar la marcha de la
conversación.
-No,
no es grave, los mareos no son por la bala, sino por un pequeño derrame
que no tiene ninguna relación con ella. Pero usted comprenderá que desde
que me informaron de esa anomalía no esté tranquilo, llevo tres noches
sin dormir, necesito saber cómo llegó eso a mi cabeza.
-Pero
¿no lo sabe? ¿Cómo no va a saberlo usted?
-No,
no lo se, ya le dije que parece increíble, pero no tengo ni idea, nunca
me había hecho ningún escáner y mis padres no sabían nada de eso, se
quedaron tan sorprendidos como yo. En el hospital no consta en mi
historial clínico ningún episodio relacionado con disparos o traumatismos
en la cabeza, ni nada parecido.
-Qué
extraño. ¿Y qué es lo que puedo hacer por usted?
-Me
gustaría que investigara sobre mi pasado y descubriera cómo llegó ese
proyectil a mi cerebro. Me gustaría saberlo antes de que se convierta en
una obsesión. Yo le facilitaré todos los datos que necesite. ¿Lo hará
usted?
Hubiera
aceptado cualquier caso que me ofrecieran esa mañana, pero ese caso
además despertaba en mí una curiosidad que creía difunta y que por lo
visto solo andaba de asueto. La serigrafía de Armani se iluminó en su
camiseta.
-Sí,
lo haré. Mis honorarios son sesenta euros al día, extras a parte, y tres
mil más si resuelvo el misterio.- Le lancé una sonrisa pícara
arrastrando la s de misterio.
-Me
parece bien. ¿Va a comenzar hoy?
¿Qué necesita? ¿Le doy algo por adelantado?-
El muchacho, excitado por mi interés,
sacó su cartera del bolsillo trasero del pantalón. Tenía que haberle
pedido cien al día, me los hubiera pagado. Ahora era la factura del
teléfono la que se iluminaba inquisitoriamente sobre mi escritorio.
-Trescientos
de reserva será suficiente, ya sabrá usted que no hago facturas, tendrá
que fiarse de mi palabra-. El joven asintió con la cabeza.
-Déme
la dirección de sus padres, me gustaría hablar con ellos y con usted en
su casa, necesito conocer su biografía
hasta el último detalle.
Quedé a las
cinco de la tarde con Víctor en su casa familiar. Ya más tranquilo se
despidió de mí, ahora sí, con un apretón de manos. El niño asustado que
había entrado en mi despachó lo abandonaba como un hombre satisfecho por
haber conseguido su objetivo, me pareció más alto que cuando cruzó
tímidamente el marco de la puerta, o quizás era yo la que había menguado
por el peso de su encargo.
Cogí el
champú del botellero, ropa interior limpia y me bajé al gimnasio para
darme una ducha. Recorrí algunas tiendas y me compré un par de vestidos
de verano y unas sandalias cómodas con el adelanto que me dio Víctor, los
recibos podían esperar un par de días más pero yo necesitaba sentirme
segura para la investigación.
Lo que más
echaba de menos de los tiempos de servicio eran los uniformes, no tener
que pensar qué ponerme cada día, la confianza que me asaltaba con sólo
ceñirme el cinto y ajustarme la gorra. Me gustaba que me llamaran
Sargento Redil. Hay veces que no me reconozco cuando alguien se dirige a
mí por mi nombre. Ya no sería nunca más la Sargento Redil y lo había
asumido, pero aquel nuevo caso avivaba los fantasmas del pasado como las
noches de verano a las cucarachas que comenzaban a abandonar sus guaridas
bajo el asfalto.
La casa de
los padres de Víctor estaba en un residencial a las afueras de la ciudad.
El guardia de seguridad de la entrada me dejó pasar sin problemas cuando
me identifiqué, estaba avisado de mi llegada. Casas señoriales con
grandes jardines circundaban el camino por el que ascendí a la colina en
la que se encontraba la mansión con el pórtico griego cómo me indicó
Víctor. Debí pedirle doscientos por día.
Sentada en
el salón principal de la casa, rodeada de cuadros flamencos, arañas de
cristal, alfombras incólumes, vajillas de porcelana, observé los dedos
desnudos de mis pies que se encogían avergonzados sobre mis sandalias. Me
costaba concentrarme en la narración de la vida de Víctor a la que estaba
asistiendo. Saqué el bloc de notas y realicé unas anotaciones aleatorias.
Nacimiento: tres de abril, Hospital Materno-Infantil. British Collage,
desde los seis a los diecisiete años. Universidad de derecho, desde los
dieciocho a los veinticuatro. Trabajo, un año de pasante en Jiménez e
hijos. Veinticinco años.
Víctor se
esforzaba por mediar entre la Señora Alvarado y yo. Muy cortésmente me
informó de que ella no estaba de acuerdo con lo que su hijo y yo nos
traíamos entre manos. Consideraba que no era buena idea remover el
pasado.
Abandoné la
residencia con pocas pistas para mi investigación pero con el
convencimiento de que aquella mujer ocultaba algo debajo de su aparente
indiferencia. No había dejado de dar vueltas a la cucharilla del té
dentro de la taza durante las casi dos horas que estuve en la casa, y no
había tomado ni un sorbo de la infusión.
Ordené mis
ideas esa noche en el despacho. Cuando no se tiene ningún indicio lo
mejor es comenzar por el principio. Planeando la estrategia para acceder
a registro natal de Víctor me quedé dormida en el sillón. Esa noche los fantasmas
aparecieron con otros rostros. Me vi corriendo por el callejón tras el
narcotraficante, el sol me cegaba y el sudor inundaba mis ojos, podía
sentir como las esposas me golpeaban las caderas, un golpe fuerte en el
hombro me derribó, mi cabeza golpeó contra la acera, al incorpórame
encontré frente a mi a esa mujer, pero ahora no era ella, era la madre de
Víctor. La mujer sacó algo del bolso y yo vacié mi cargador sobre ella.
Cuando me acerqué a la mujer que yacía en el suelo, ya no era la señora
Alvarado, era la mujer de siempre. Tumbada boca arriba, con el abanico en
la mano y el vestido remangado hasta la cadera.
Me
incorporé casi sin respiración, empapada en sudor. La pesadilla había
dejado de repetirse hacía más de dos años y ahora reaparecía con más
fuerza, incorporando nuevos elementos. Busqué en los cajones de la mesa y
encontré los calmantes.
La mañana
era sofocante, el termómetro de la farmacia marcaba treinta y seis grados
y eran sólo las diez. Las taladradoras del gas ciudad se instalaron en mi
cabeza y los pies sudorosos se escurrían de mis sandalias alcanzando la
acera ardiente.
Entré por
la puerta de urgencias en el materno y pregunté por Teresa. El hedor era
insoportable y no me decidí a sentarme en los asientos de la sala de espera,
una mujer mayor en silla de ruedas me observaban con la inquietud del que
contabiliza el orden de llegada de los demás y teme que se le adelanten.
Estaba a punto de marcharme cuando apareció Teresa.
-Marta.
¡Cuanto tiempo! ¡Qué alegría! ¿Qué haces aquí? ¿No te pasará nada?-
Una mueca de preocupación apareció en su cara.
-No,
no me pasa nada. Venía a pedirte un favor.- No tuve que recordarle lo
que hice por su marido cuando era aún policía.
-Claro,
lo que quieras, si está en mi mano. Dime.
Le pedí que
me sacara la ficha del nacimiento de Víctor y me dijo que no había ningún
problema, que esa misma tarde la tendría.
Esa tarde
nos tomamos un café en la cafetería del hospital recordando viejos
tiempos, y regresé al despacho con la documentación.
No salía de
mi asombro, Víctor Alvarado estaba registrado el tres de abril de mil
novecientos ochenta, como dijo su madre, pero no habían retirado del
expediente la ficha de adopción. El nacimiento databa de un mes antes en
el mismo hospital y habían llamado al niño Luis Pérez.
Las
pastillas no espantaron los espectros aquella noche. Tres de marzo, tres
de marzo, el destino me estaba jugando una mala pasada. Tendría que ir a
la comisaría y revisar los incidentes de ese tres de marzo. Corrí por el
callejón cegada por un descarado sol de marzo. Algo contundente me
derribó golpeándome en el suelo. Cuando me incorporé vi a la mujer sacar
un objeto de su bolso. Disparé sin control sobre ella. Al aproximarme al
cadáver, no era ya la mujer, era Víctor, sus ojos abiertos me acusaban
desde el suelo.
No me
quedaban muchos contactos en la comisaría. Cuando uno de los nuestro cae
en desgracia, los demás se apartan de él como si el deshonor fuera
contagioso. Pero pensé en Alberto. Al fin y al cabo, fuimos compañeros
dos años. Pensándolo bien, él me dejó sola en aquél callejón. Y bien
mirado, no creo que a su mujer le gustara saber a qué dedicábamos
nuestras frecuentes horas extras.
Cité a
Alberto en mi despacho para el día siguiente. Un día más de sueldo no me
venía mal. Informé a Víctor de que la investigación iba por buen camino y
que pronto tendría noticias mías.
Alberto
estaba estupendo. No había perdido las ondas del cabello, por el
contrario, las canas le daban un aspecto aún más atractivo. Debe ser
verdad que las relaciones extramatrimoniales mantienen jóvenes a los
hombres. Estuve tentada de aprovechar la ocasión, y la aproveché.
Cuarenta y cinco años liberan de muchos temores y espantan muchas
ocasiones. Alberto no quería correr un riesgo para ayudarme, sabía que
robar expedientes era una falta que le podía costar la expulsión del
cuerpo. Al recordarle que guardaba el teléfono de su mujer, terminó
cediendo.
Alberto
tardó una semana en traerme lo que le pedí. Todos los informes del tres
de marzo de mil novecientos ochenta en los que hubiera sido utilizada un
arma de fuego. En ese tiempo las llamadas de Víctor fueron frecuentes,
casi tanto como mis solicitudes de más adelantos, atrasos, primas, etc…
No podía permitirme perder el despacho.
Entre los
informes que me entregó Alberto se encontraba el de mi caso. Lo separé de
los demás y lo guardé en un cajón bajo llave. Estuve tres días revisando
sin descanso cada formulario, cada denuncia, esperando encontrar un
indicio, un nombre, algo que me llevara hasta Víctor. No encontré nada.
Los papeles
se esparcían por el despacho como los restos de una civilización perdida.
Había abandonado toda esperanza de encontrar una respuesta alternativa a
la que me martilleaba la cabeza. Saqué mi expediente y lo puse sobre el escritorio.
Dentro de la carpeta estaban las fotos del incidente. La mujer, tendida
en el suelo, ensangrentada, aparecía desde distintos ángulos. Algunos
evidenciaban más su embarazo que otras. La denuncia rezaba: Homicidio por negligencia, y la
firmaba el departamento de asuntos internos. María Pérez fue ingresada en
el Materno-Infantil, ya sin vida. El hijo que esperaba sobrevivió.
Mientras ese niño crecía con una bala alojada en el cerebro, mi vida se
iba por la alcantarilla de esta ciudad bastarda. Mientras ese niño era
adoptado por una familia adinerada, yo perdía la casa de mis padres y mi
dignidad.
Cité a
Víctor en mi oficina y le comuniqué que no había descubierto nada, que
ese caso era demasiado complicado para mí. Hizo referencia a los
adelantos, pero le dije que yo había hecho el trabajo aunque los
resultados no fueran los esperados. Salió un poco contrariado de la
habitación pero comprendió que no iba a recuperar el dinero.
Destruí los
papeles de la adopción antes de devolverle la carpeta a Teresa y adecenté
un poco el despacho, nunca se sabe cuando va a entrar el alquiler por la
puerta.
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