Mohamed M. Hammú

M. Á. Moleón Viana

huria

mar memoria


2011










huria

Mohamed M. Hammú

M. Á. Moleón Viana


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© Mohamed M. Hammú

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1.ª ediçâo Junho 2011


Portada: Yemma

© Mohamed M. Hammú


Livros do Mundo


Capa e paginaçâo: Inês Ramos


Imagem da capa: Yemma © Mohamed M. Hammú


Impreso por: Publidisa


Depósito Legal n.º


ISBN: 978-989-96797-5-7








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A todas aquellas que guardan en la invisibilidad

el instante de sonoridad de sus voces

M. M. Hammú









H


e soñado una eternidad añil y líquida, me he sorprendido a través de ella como huyendo de algo. O tal vez de alguien. Siempre creí que ser fuerte era mi destino. Pero ahora mi propia fortaleza me torna cautiva, me aísla del aire, del agua, del té de la vida. En la jaula de oro languidece mi sonrisa como un pájaro sin garganta.

Nada es la conciencia sin sus inquilinos, la lucidez sin el pálpito del corazón ni los aleteos de los sentimientos. El conocimiento se torna un pobre sin limosnas en su escudilla: así mi desasosiego en medio de tanta soledad. La voz se me torna inversa cuando entreabro los labios para decir que tengo miedo. Para reclamar unos gramos de atención.

Como una mariposa triste, me aletea en el pecho el ansia de hallar un paisaje extenso, luminoso y amable. O un jardín pequeño, a resguardo de las miradas más impertinentes. Un claustro de agua y luz que albergue el secreto de una libertad con vientre de promesa y mirada de cumplimiento. Una mirada que se repliegue a mis deseos como un pasaporte incandescente con el que volar hacia la aurora más hermosa.

Solo deseo alzar el vuelo, saltar ligera entre el crepúsculo y el alba, igual que una malabarista soñadora Y despierta. Sin lastre de ansiedad en el alma o en los pies descalzos. Y compartir la belleza de la libertad con las personas que habitan, tesoros dulces y amargos, este mi enorme cajón de emociones.

¡Cuidado! — Era la palabra preferida de mi madre cuando se dirigía a mí.

Qué razón llevaba en su continua advertencia. Y cuánto la echo en falta en este preciso instante, ahora que ningún vigía ronda los adarves de mi muralla desprotegida y expuesta. No sé qué me duele más, si el rugido de los leones que rondan mi fortaleza, o el silencio de mi madre como una saeta dormida en el oído.

Tanta prisa tuve en querer ver más allá de los demás, que olvidé enfrentar mi propio miedo antes de dar un solo paso. Antes de caer en el vértigo estático de la lejanía. En el cielo dulce como un pozo inverso, un agujero inmenso de vacíos y amenazas. A plena luz del día, sí, cuando se desata el miedo más desolador de todos los miedos.

Ahora, mujer alzada en armas silenciosas contra el espacio que ocupo y el tiempo que habito, ya sólo me cabe escuchar mi voz, acariciar, como a un gato persa de puro instinto, el lomo de mi memoria. Bucear en este océano íntimo para intentar encontrarme entre las voces propias que las circunstancias me silenciaron. El silencio siempre fue mi patria: silencié mis deseos mientras los alimentaba, y silencié su humo cuando languidecieron heridos para siempre.

La vida está llena de paradojas y la mía, más. Nunca conocí la sensación de plenitud y, sin embargo, ahora dispongo de todos los medios necesarios para articular la sonrisa de la locura. Pero el aliento no me acompaña en la empresa. Dicen los orientales que si vas a abrir una tienda has de aprender a sonreír. En mi caso es como si todas mis tiendas se hubieran cerrado al mundo. Y el sol ya no ilumina sus toldos ni el incienso perfuma los sueños desvanecidos. A veces me siento como la última moradora de Las mil y una noches. Como si todos los personajes se hubieran ido a vivir a otra parte y yo aún permaneciera ya desengañada de todas las lámparas maravillosas. A mis veintisiete años ya no anhelo descubrir el corazón que late en los surtidores de los oasis.

Quizás, si hubiera descubierto mi amanecer en medio de estos bloques de cemento históricos y con estos idiomas extranjeros que ahora domino, mi visión hubiera sido infinitamente distinta.

Para que descubráis la rabia disimulada de mis actos, el rumor venenoso de mis pensamientos, tendría que trasladaros a mis días de ilusión. Abrir de nuevo las puertas de mi tienda, ofrecer canela y toldos al sol del recuerdo. Referiros aquel tiempo que mi madre endulzaba con té de hierbabuena y al que prestaba sosiego con la caricia de su paciente mirada sobre nosotros, sus hijos.









el zaguán