El hombre y sus dignas partes


Hay un cuento entre vosotras, quien lo busque, lo encontrará.

Un hombre casado quiso averiguar si su mujer lo quería de forma incondicional o no, por lo que un día, al llegar a casa, se ató sus dignas partes bien sujetas a la pierna, anunciando a su esposa la pérdida de su más don apreciado.

La esposa, pacientemente, esperó unos días a que resucitase el difunto miembro de su marido, pero al no ver milagro alguno después de un mes, cogió sus cosas y dejó a su marido, diciéndole:

¡Ahí te quedas!

El marido, al írsele la mujer, permaneció tranquilo en casa preparando algún plan para volver a recuperarla.

Después de un mes, fue a buscar a su mujer a casa de su suegra. Era invierno, hacía mucho frío, llovía... él vestía ese día solo una chilaba. Debajo de ella, no llevaba nada. El hombre golpeó en la puerta y se asomó su mujer. La madre preguntó que quién era y ella le dijo que era su marido. La madre, viuda y sola, le dijo que le abriese la puerta. él entró en la casa y simuló que se estaba muriendo de frío. Hacía como que tiritaba. La mujer le trajo un anafe con fuego de carbón y el hombre se subió la chilaba para calentarse. La mujer al ver que su marido volvía a tener sus dignas partes enteras y, además, en plena erección. La mujer salió apresurada de la habitación y entrando en la cocina, le dijo a su madre que preparase pronto la comida, porque se debía ir lo antes posible con su marido de regreso a su casa pues su marido había recuperado su valía. La madre le pidió que le preguntara, a su marido, dónde lo había encontrado. La mujer fue junto al marido y le dijo:

Dice mi madre ¿qué dónde has recuperado tus partes?

Las he comprado —respondió el marido con una media sonrisa.

La mujer fue a decírselo a su madre y la madre le solicitó que le pidiera a su yerno que le comprase otras para ella. La mujer se lo insinúo a su marido y el hombre le respondió que así lo haría cuando volviesen a casa.

Al volver a casa, después de una larga tarde de explosión de pasiones, la mujer insistió en su petición, y él le exigió dinero a cambio. La mujer, sin demora, se lo comunicó a su madre y la viuda aportó todo el dinero sin darle importancia al precio pero que se lo trajera lo antes posible.

El hombre, al regresar su mujer a casa con el dinero, salió del hogar para capturar un pájaro y al tenerlo, lo metió en un saco. Lo llevó a su casa y se lo entregó a su mujer, diciéndole que cuando se lo diese a su madre que no lo abriese hasta que lo tuviera en casa.

Cuando la madre se enteró de que su yerno ya le había realizado el encargo, fue a casa de su hija a recogerlo. La hija le dijo a su madre que se quedara a comer pero la madre insistía que tenía prisa, que tenía cosas que hacer. La madre se marchó y, casi a mitad del camino, se encontró con un pastor que cuidaba de un rebaño de borregos. El pastor, al ver que la mujer llevaba sobre su espalda un saco, creyéndolo cargado de pan, se le acercó, cerrándole el paso. Le preguntó que era lo que llevaba en el saco y la mujer le respondió que no era nada pero el pastor se puso detrás de ella y le quitó el dichoso saco. Lo abrió y salió volando el pájaro.

La mujer al ver que se había ido volando su supuesta “felicidad”, alzaba y bajaba sus manos golpeándose en sus partes, gritando:

Cluru... chuchu... cluru... chuchu...(Pío... pío...)

El pastor, al verla en tal gesto insinuante, se tocaba también sus partes y le decía:

Aquí lo tienes... aquí —señalándose sus partes.

La mujer regresó a su casa indignada mientras su apreciado regalo seguía volando en el infinito horizonte.

 Y me puse mi calzado nuevo, anduve de aquí para allá y se me rompió.